El Evangelio de hoy, 1 de marzo, se sitúa en el contexto del camino que Jesús emprende hacia Jerusalén, con sus discípulos; el camino hacia la cruz. En ese camino Jesús quiere ir enseñando a los suyos qué significa y qué implica seguirle.
El relato de hoy se encuentra justo a continuación del diálogo de Jesús con una persona que desea encontrar el camino de la Vida y quiere saber qué es lo que tiene que hacer. Es una persona cumplidora de la Ley, pero se siente apegada a sus bienes, que debían ser muchos, y por ello incapaz de aceptar la invitación de Jesús a desprenderse de sus riquezas para poner toda su confianza en El, que es en definitiva el fundamento del seguimiento.
Descubrimos en el texto de hoy las reacciones tan distintas que ante este hecho tienen los discípulos y tiene Jesús.
Los discípulos siguen anclados en una mentalidad de “la recompensa al mérito” y por eso, frente a la incapacidad del hombre rico, ellos se sienten orgullosos de sí por “haberlo dejado todo” para seguir a Jesús. ¿Cómo no esperar por parte del Señor el premio a su entrega?
Al lado de esta reacción, tan humana, tan nuestra, descubrimos la de Jesús que mira con cariño a esa persona que se aleja de Él y que además se va entristecida; que nos hace consciente del difícil camino de la libertad interior frente a todo lo que nos ata, si sólo nos apoyamos en nuestras fuerzas; que nos abre a la desmesura del don de Dios, que nunca es proporcional a nuestra entrega y que nos descoloca ya que para Él, en su misericordia infinita, “muchos últimos serán primeros y muchos primeros últimos” ;que nos reorienta la visión para descubrir que ganar, en realidad, no es tener más de lo mismo, sino entrar en una dinámica de relaciones con los otros, con uno mismo, con Dios.