En el Evangelio de hoy, 11 de febrero, contemplamos cómo Jesús en medio de su pueblo realizar signos, y signos que la gente sencilla de un modo u otro entiende que sólo Dios puede realizar. “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Es la manera en que el Señor volverá a reunir a su pueblo dividido, en un solo pueblo nuevo. Al devolver al hombre su integridad perdida, al hacerlo capaz de “escuchar su voz”, lo reunifica en sí mismo. Y la unificación e integridad del hombre, precederá siempre a la reunión de los pueblos.

Sí, sólo haciendo el bien, “todo lo ha hecho bien”, devolviendo al ser humano su bondad inicial “y vio Dios que era muy bueno”, creará Jesús un nuevo pueblo, unificado por el amor.

Así pues vemos que es necesario que el Señor Jesús abra nuestros oídos interiores, que pronuncie una vez más su “effetá” sobre nosotros, para que la Palabra que escuchamos a diario realice en nosotros lo que dice, para que escuchemos lo que el mundo y los hombres de hoy nos dicen y, para que nuestro “hacer bien”, sea signo de que Dios está en medio de su pueblo nuevo que es la Iglesia.

Que María, cuya memoria hoy celebramos en su advocación de Ntra. Sra. de Lourdes, nos conceda que, como Ella, estemos siempre atentos y con el oído abierto para escuchar la Palabra del Señor y meditarla en nuestro corazón, y de este modo contribuir a reunificar este mundo tan fragmentado.