En el Evangelio de hoy, 3 de marzo, nos muestra cómo la Iglesia en su Liturgia no anda con remilgos, plantea desde el primer día que el camino cuaresmal no está coronado de éxito continuo. Incluso que pasa por la muerte para poder resucitar. La muerte de lo que nos rebaja en nuestra condición humana, exaltada por ser condición del mismo Dios en Jesús de Nazaret. Hay que morir a buscar el aplauso, la aceptación universal, incluso de quienes desde la autoridad pretenden juzgarnos. Hemos de morir a tantas apetencias egoístas de corto recorrido, que se quedan en uno mismo, y nos hace indiferente al otro: vivir solo para uno. Es un modo de perderse. De perder la vida, de hacerla insignificante, sin valor.

Vivimos cuando convivimos, cuando nos encontramos a nosotros mismos en relación con el otro. Cuando el dar nos enriquece más que el recibir. O mejor: no recibimos nada mejor que aquello que compartimos con los demás. El avaro pierde su vida por no gastar dinero en conservarla. Nosotros nos damos vida, cuando miramos fuera de nosotros, a otras vidas y ayudamos a que vivan. Superando la oposición de los jueces que interpretan la corrección social e individual como la autoafirmación sobre el otro, ignora lo de caminar juntos como compañeros de camino; sinodalmente, diríamos. ¿Cuál es nuestra disposición al comienzo de la cuaresma para saber negarnos, y reencontramos a nosotros mismos en lo que ofrecemos, bajo la mirada de Jesús muerto y resucitado?