El texto del evangelio de Mateo que hoy, 8 de marzo, nos regala la liturgia, es una perla para vivir este tiempo y la vida entera. Dios no espera de nosotros un pliego de peticiones ni un relato infinito cargado de yo y más yo. Dios ya sabe quiénes somos y lo que necesitamos. Jesús nos propone una oración muy sencilla, que nos centra en tres cosas esenciales si vivimos la fe como un encuentro con el Dios de la vida:
Somos hijos amados de Dios, al que llamamos Padre. Para Dios no soy cualquiera, indiferente, soy su hijo/a. En el fondo, es descubrirnos amados incondicionalmente y acogidos siempre como valiosos y con una dignidad indiscutible. Y eso nos hermana, porque todos somos sus hijos e hijas.
Que Dios sea así reconocido y su voluntad se cumpla es nuestro mayor deseo y el fundamento de nuestra esperanza. La voluntad de Dios es nuestro bien, que vivamos como hijos suyos, y se haga realidad su reino, el de la paz y la justicia. A esta voluntad nos adherimos y en esta esperanza vamos comprometiéndonos y dando la vida.
La voluntad de Dios no es una utopía que nos paraliza sino motor que nos pone en marcha, al Padre y a nosotros, hijos: nos da el pan con tantos bienes y tarea de hijos es compartirlo como hermanos; nos perdona sin condiciones y tarea nuestra es perdonar a los demás en vez de condenarles; nos libra del mal y nos enseña el camino del bien y tarea nuestra es nos caer en tantas tentaciones que nos alejan de ese camino.