Hoy celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María y la Liturgia de la Palabra en este día es una verdadera acción de gracias. El pasaje del libro del Génesis es uno de los más tristes de toda la Biblia. En él se nos narra la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, debido a que, pretendiendo ser como Dios, comieron del fruto prohibido. Es el pecado original, con el que todos hemos nacido, salvo la Inmaculada Virgen María.

Si en la primera lectura Dios castigó a Adán y Eva por dejarse guiar por el mal, en el salmo 97, con alegría, le alabamos a Él porque con su gran amor y misericordia ha vencido ha dicho mal.

En el himno de la carta a los Efesios, san Pablo ensalza la figura del Hijo de Dios, Jesucristo, pues, para salvarnos del pecado, nos ha anunciado el camino para ser santos e irreprochables por medio del amor.

Y como colofón, hemos contemplado uno de los más bellos y profundos pasajes de la Biblia: la Anunciación, en el que Dios cumple fielmente la promesa de enviarnos a su Hijo, nuestro Salvador, y lo hace por medio de la Inmaculada Virgen María, su más humilde servidora.

Así es, la Virgen María es inmaculadamente pura, y con suma generosidad nos transmite su pureza cuando oramos junto a ella, cuando le pedimos que interceda por nosotros o cuando contemplamos con fe una imagen suya, o un sencillo belén. Esto es lo que hoy, con mucha razón, y con mucha devoción, la Iglesia festeja.