El pasado 21 de mayo, al caer la tarde y tras la celebración de la eucaristía semanal de hermandad, los hermanos y devotos se acercaron, uno a uno, al altar de Madre de Dios de la Palma. No llevaban otra cosa que flores y amor. Flores sencillas, como la fe del pueblo que las ofrece. Amor callado, profundo, que se entrega sin palabras, solo con gestos.
A los pies de su altar, se fue tejiendo un pequeño jardín que no se marchita: el de la gratitud, la confianza y la ternura. Como cada mayo, los hijos de María se hacen niños, y vuelven a Ella con el alma entre las manos.
Porque en mayo florece la tierra… y florece el alma cuando se pone ante María. Un gesto de fe hacia la titular de la hermandad del Santísimo Cristo de Burgos, que cada mayo, realizan ante la Virgen en San Pedro.